martes, 1 de mayo de 2012

CÉSAR VALLEJO, EL POETA QUE RECORDABA SU MUERTE


César Vallejo y Georgette Philliphart, en Versalles, verano de 1929. Foto de Juan Domingo Córdoba Vargas.






César Vallejo, el gran poeta peruano (1892-1938), tuvo una visión de su muerte, 18 años antes de que ésta ocurriera.

Ese episodio tétrico de la vida del “poeta universal” lo ha relatado el filósofo y escritor Antenor Orrego en su libro Mi encuentro con César Vallejo.

Orrego, qué duda cabe, fue una persona seria y talentosa, que sería incapaz de inventar algo así. No hay ninguna razón para dudar de su credibilidad.

El episodio ocurrió en 1920, cuando César Vallejo se encontraba refugiado en la casa de Antenor Orrego, en Mansiche, Trujillo (costa norte peruana), eludiendo la persecución policial a raíz de una falsa acusación de vandalismo y asesinato. Orrego, que por primera vez veía al poeta, hizo rápidamente amistad con él. Vallejo, en un rapto de confidencia, le contó que a veces tenía visiones extrañas, en las que se veía participando en situaciones que no le habían ocurrido, pero que extrañamente le parecían recuerdos, y que tiempo después se cumplían. Pero hubo una visión en particular que llenaría de terror al poeta y que lo angustiaría por muchos días, y que ocurrió precisamente cuando se hallaba junto a Orrego. Leamos el relato que hace éste al respecto:

Antenor Orrego
“Algún tiempo después fui testigo presencial de una nueva manifestación de esta proclividad visionaria. Vallejo estaba asilado en mi rústica casa de campo —en Mansiche, pueblecillo rural cercano a Trujillo— que nuestros amigos la bautizaron con el nombre de "El Predio". El poeta eludía, por esa época, la persecución de la justicia a consecuencia de los sucesos de Santiago de Chuco. Dormíamos ambos en el único dormitorio de la casa. Una noche despertéme sobresaltado a los gritos angustiados de mi huésped que me llamaba desde su lecho. Cuando abrí los ojos en la penumbra, Vallejo estaba delante de mí, temblando como un azogado de la cabeza a los pies:

Acabo de verme en París —me dijo— con gentes desconocidas y, a mi lado, una mujer, también, desconocida. Mejor dicho, estaba muerto y he visto mi cadáver. Nadie lloraba por mí. La figura de mi madre, levitada en el aire, me alargaba la mano, sonriente.

Y añadió:

—Te aseguro que estaba despierto. He tenido la visión en plena vigilia y con caracteres tan animados como si fuera la realidad misma. Siento que voy a perder el juicio. Levántate, por favor.

Inútiles fueron mis esfuerzos para calmarlo. No dormimos ya el resto de la noche. Hicimos café. El alba nos sorprendió conversando.

Cada vez que recordaba esta circunstancia tenía la certeza que habían tenido su raíz en esa visión, aquellos bellísimos y admirable versos en que se siente batir un extraño aletazo de misterio y que comienzan así:

"Me moriré en París con aguacero,


un día del cual tengo ya el recuerdo...

Y aquellos otros en que el poeta anticipa la escena de sus propios funerales:

... mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dése vuelta
y despacha sus sombras, una a una...

La confirmación me la dio el mismo Vallejo cuando me envió desde París, en las postrimerías de su vida casi, la copia de ambas composiciones, con una nota al pie que decía: "¿Recuerdas, Antenor, esa visión terrorífica que tuve una noche en tu casa y que me causó tan invencible pavor?”.


Este episodio es también narrado por un acucioso investigador de la vida del vate peruano, Juan Espejo Asturrizaga, en su libro “César Vallejo itinerario del hombre”. En un acápite de dicho libro, con el título de "Una visión premonitoria", se lee lo siguiente:

"… César tuvo una noche una visión que lo llenaría de terror y lo angustiaría por muchos días, siendo el tema de sus conversaciones.

"Estaba despierto, decía, cuando de pronto me encontré tendido, inmóvil, con las manos juntas, muerto. Gentes extrañas a quienes yo no había visto nunca antes rodeaban mi lecho. Destacaban entre éstas una mujer desconocida, cubierta con ropas oscuras y, mas allá en la penumbra difusa, mi madre corno saliendo del marco de un vacío de sombra, se me acercaba y sonriente me tendía sus manos... Estaba en París y la escena transcurría tranquila, serena, sin llantos.

La tremenda impresión que le produjo esta visión que, aseguraba la había tenido perfectamente despierto, lo llevó a llamar desesperadamente a Antenor que dormía plácidamente al otro extremo del dormitorio. Antenor trató de calmarlo, indicándole que se trataba de una pesadilla. “No, no -repetía César-, he estado despierto, como lo estoy ahora, despierto, despierto. Todo lo he visto como te veo a ti en este momento...”

Esto ocurrió, como ya dijimos, en 1920, cuando por más que lo soñara, asombrosamente la escena o el cuadro que refería Vallejo era muy preciso: ocurría en París, un lugar muy distante en el espacio, al que arribaría tres años después y donde fallecería 18 años más tarde, y la “mujer cubierta de ropas oscuras” es una descripción inconfundible de Georgette, su futura esposa francesa, a la que conocería recién en 1927.

Tal como lo señala Orrego, esa visión premonitoria de Vallejo explica los versos de su célebre poema “PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA” (1937, incluido luego en Poemas Humanos).

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

El segundo verso no sería pues, un absurdo, sino que, efectivamente, Vallejo ya tenía el recuerdo de su muerte. Y si bien no murió un Jueves, lo hizo en un Viernes Santo (15 de abril de 1938), algo que, para variar, ya lo había vaticinado en uno de sus poemas de Los Heraldos Negros (1918), "El POETA A SU AMADA" (ese mismo que fuera ridiculizado por Clemente Palma, como recordaran los conocedores de la poesía vallejiana), donde dice:

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso,
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernesanto más dulce que ese beso.

En esta noche rara en que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.


No hay duda, pues, que el poeta tenía habilidades premonitorias.