lunes, 28 de julio de 2014

JUAN ESPINOZA MEDRANO "EL LUNAREJO"




JUAN ESPINOZA MEDRANO

Por: Augusto Tamayo Vargas

Una gran figura que viene a llenar la escena de nuestro culteranismo, a mitad de aquel siglo XVII. Por el año 1662 apareció un Apologético en defensa de don Luis de Góngora, Príncipe de los Poetas Líricos de España, dedicado al Conde-Duque de Olivares. El autor de esta obra era un cura indio, natural del pueblecito de Calcauso, en la provincia de Aymaraes y se llamaba Juan Espinoza Medrano. Nació —según Clorinda Matto— en 1619; y según Sánchez y García Calderón en 1632. Más probable parece la primera fecha. Según algunos, el apellido del escritor era Chancahuaña, por ser así el de su padre, un indio que se robó a una jovencita, también india de Calcauso; pero llevaba los de Espinoza Medrano por el vecino español que protegió posteriormente a la madre; o por un Cura de la Parroquia de San Cristóbal del Cusco, en misión evangélica en la jurisdicción de Antabamba, que asimismo le hubiera dado protección. En uno u otro caso, lo cierto es que un sacerdote lo llevó al Cusco y lo hizo ingresar al Seminario de San Antonio Abad. Aquí hizo brillante carrera gracias a su privilegiado talento, mostrando desde la infancia, una original aptitud para los idiomas, para las artes y para el aprendizaje de la Teología. Se le vio componiendo poemas, comedias y autos sacramentales en la pubertad, después de traducir a Virgilio al quechua. A más del latín conoce bien griego y hebreo. Al mismo tiempo es hábil ejecutante en diversos instrumentos musicales. Su castellano será uno de los más hermosos y refinados de su tiempo. En 1650 era Catedrático de Artes del Seminario; poco después de Teología. En 1658, Cura Párroco de la Catedral del Cusco, donde pronuncia magníficas oraciones sagradas llenas de penetrante sutileza y de castizos giros adornados de elegantes tropos. Ya se ha dicho que unía a una "pasmosa erudición" una "profundidad del pensamiento" que hacia irrebatible su lógica. Lo apodaron "Doctor Sublime", Demóstenes criollo", etc. Pero quedó en la historia con el apodo popular de "El Lunarejo". La multitud se entusiasmaba ante su palabra y llenaba el templo hasta el atrio. La leyenda pinta a esa muchedumbre agolpada abriendo paso a la menuda indiecita que es la madre del orador sagrado.

El Apologético de Espinoza Medrano está constituido por una introducción y doce Capítulos o Secciones en que el Autor rebate los argumentos y ataques a Manuel de Faria, escritor portugués que había criticado a Góngora. Es esta obra el mejor exponente en prosa del culteranismo gongórico, y del conceptismo gracianesco, a la vez que la defensa de los ideales literarios culteranos.

"Tarde parece que salgo a esta empresa —dice el autor —; pero vivimos muy lejos los Criollos, además que cuando Manuel de Faria pronuncia su censura, Góngora era muerto y yo no había nacido. Si alguien quisiera proseguir la batalla, la pluma me queda sana y volveré sin temor al combate. Ya ves, cuán poco me va en defender a quien aún sus Paisanos desampararon; pero dicen, que es linaje de generosidad reñir las pendencias de los buenos. (247)

La brillante defensa de Góngora ante Faria la inicia con estos elegantes términos:

"Pensión de las luces del ingenio fue siempre excitar envidias que mueren; ignorancias que ladran. Iras entrañables delineó Alciato en el natural camino, que el orbe-luminoso de la Luna, en la nocturna carrera de sus resplandores rabiosa embiste, enfurecido ladra, mas como ve su figura en el celeste espejo retratada (dice el Poeta) parécele que traba risas con su semejante, pero sordo a tan importunas voces prosigue el cándido Planeta el volante lucimiento de sus rayos. ..

Exponiendo las razones de Faria y replicándolas con sobradas suyas, Espinoza Medrano realiza un hábil escarceo literario en que se muestra erudito, conocedor de las culturas clásicas y experto en el manejo de la gramática, sorteando los difíciles campos del "hipérbaton", para exhumar algunas de las poesías de Góngora y sacarlas a la luz de la exposición literaria como muestras de belleza y de singular acierto. Espinoza glorifica la "expresión", la belleza formal que es característica del poeta cordobés: "Las palabras son las que divinizan y prestan eficacia a la materia".

"Lo que importa advertir mucho es, que esta colocación (llámese o no altamente Hipérbaton) es tan genuina, y natural a la numerosa fábrica del verso, —manifiesta en otra parte de su Apologético— que aún el nombre del verso (como dice Georgio Sabino) se derivó de este revolyer los términos, invertir el estilo y entreverar las voces". Y añade que "tan lejos está la inversión de las voces, tan distante, de viciar los versos que en ellos no es Tropo, sino alcurnia; no es afeite, sino faición; no es defecto, sino naturaleza". Y lo ejemplariza con aquella iniciación de las Eglogas de Virgilio:

"Oh Titiro tú de la coposa recostado debajo del toldo haya" (traducción del propio Lunarejo).

Y si en el campo de la cultura greco-latina, la trasposición era usual, Espinoza Medrano muestra, a continuación, como en el idioma castellano ya era, también, común el usarla; y aún entre nosotros, americanos, Pedro de Oña, detractor de Góngora, las empleaba constantemente.

"No inventó Góngora las trasposiciones castellanas —insiste— inventó el buen parecer, y la hermosura de ellas, inventó la senda de conseguirlas".

Y Espinoza Medrano con lenguaje pulido, elegante, sin que la afectación mueva al ridículo, va presentando las críticas de Faria y refutándolas en cuanto al uso de la metáfora, en cuanto al acopio de palabras vulgares en Góngora, etc. Si es excelente la defensa, no es sólo en lo que a ella se refiere, sino en el buen decir del autor que rubrica una de las mejores producciones del castellano, siglo XVII. "Coronen el sagrado mármol de tus cenizas los más hermosos lirios del Helicón".

"Portentosa ha parecido a todos los comentaristas —dice Ventura García Calderón— que la más tersa y acicalada prosa del coloniaje la haya escrito en el Cusco el hombre sutil que tradujo a Virgilio al quechua". Ya es común, con respecto a esta obra, aquella frase de Menéndez Pelayo bautizando El Apologético como: "perla caída en el muladar de la poesía culterana", de aquella ingenua, tonta y pueril poesía culterana sin culteranismo, gongorismo sin Góngora, pero nunca del culteranismo del propio Góngora. El escritor brasileño Euclides da Cunha sostenía que era la más brillante expresión de la genialidad americana: "el fantástico Lunarejo —dirá en "Carta a Domicio Da Gama"— tal vez el mayor genio de América".

Después tendríamos de Espinoza Medrano la Panegírica Declamación por la Protección de las Ciencias y Estudios, que, dedicada al Maestro de Campo don Juan de la Cerda y de la Coruña, muestra la relación existente entre los hombres de letras y los hombres de armas y autoridades, ya que éstas son las llamadas a velar por aquéllos y aquéllos a dar lustre y prestancia a los que han sido llamados a Gobernar, según teoría de Espinoza Mediano:

"Y retórico Ulises ¿quién duda que a flores de elocuencia prefieren las que el acero tiñó rosas en el carmesí de la sangre; lluvia, que a los truenos del atambor derrama el Furor Bélico?" (248)

La Novena Maravilla aparecida en 1695, es una edición póstuma de sus panegíricos sagrados que ostentan personal sello. Por ejemplo, aquella su presentación de la "transitoriedad de la Riqueza" y esa otra acerca de "La Muerte", que trascriben el tono conceptista de nuestro escritor colonial.

"Desnudos venimos a esta vida, de ella hemos de salir desnudos. El viaje le vamos haciendo. ¿No será lástima dejar acá lo que con afán adquirimos, y al fin de la jornada hallarnos sin el caudal que dejamos? Bobería, dijo el Imperfecto, entablar la hacienda en el sitio de donde forzosamente te has de partir y no despacharla al lugar donde perpetuamente has de habitar; has de tener los haberes donde la patria tienes no hay que dejar el tesoro, echarlo por delante dijo el Crisólogo…" "Si hemos de morir más presto de lo que pensamos, cáiganse las alas del corazón al más confiado en sus tesoros. Estamos condenados a muerte todos, y nos reímos, ¿y por cuatro moravedises lloramos?..."

"No hay júbilo sin pesar, deleite sin riesgo, flor sin veneno, ni vida sin muerte. Todo lo dije ya, que amagos de sepulcro ¿a qué robustez no atemorizan? ¿Qué placer no aguan? ¿Qué majestad no humillan? ¿Qué prosperidad no turban? Universal asombro es la muerte de todo viviente, notable tiranía, monstruo cruel, y fiera inexorable. ¡Qué poderosa triunfa, qué soberbia precede! Entre las flores de una felicidad se esconde, de los resplandores de una beldad se disfraza…" "Abeja infausta es la muerte, que con trágico zumbido de negras alas ronda los huertos, destroza los abriles, estraga las flores, fabrica por cera palidez macilenta, por miel mortíferos venenos. Más ¿todo lo ha de avasallar esta fiera? ¿Sólo la muerte ha de ser espanto de todas las vidas? ¿No se trocará la vida, y hubiera una vida que fuese asombro de todas las muertes?" (249)

La obra de Espinoza Medrano se completa con la producción dramática. Ya nos referimos, dentro de la Literatura Quechua a El Hijo Pródigo, auto sacramental, que significa la traslación a la escena indígena de la parábola cristiana, con indudables elementos sociológicos y lingüísticos occidentales, tanto más ostensibles cuanto no hay telón de fondo aborigen, ni ambiente para ello. En castellano tiene otras dos obras de tendencia apostólica: El Robo de Proserpina y El Amar su propia muerte, que divulgan la cultura clásica y el cariño por la literatura bíblica de su autor, quien muriera en 1688 cuando gobernaba el Perú el Duque de la Palata.

Fuente: Tamayo Vargas, Augusto. ''Literatura peruana''. Tomo I. Lima, José Godard Editor, Tercera Edición.

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JUAN ESPINOZA MEDRANO: “EL LUNAREJO”

Escribe: Doctor Antonio Centeno Zela.

El personaje del presente artículo obliga a una labor de investigación recurriendo a fuentes escritas tradicionales y anecdóticas, sin poder por desgracia hasta hoy encontrar documento alguno, que testifique datos fundamentales, como fecha de nacimiento y el verdadero nombre de sus progenitores. Todos los datos existentes que consignan profesores de la literatura peruana, o por críticos literarios, son nada más que suposiciones. Lo real y cierto, es que hasta hoy, no aparecen sus partidas de nacimiento, bautizo y defunción e incluso su testamento.

Hecha la aclaración, trataré con los datos que se tienen de radiografiar a Juan de Espinoza Medrano, cuya vida y obras deben conocerse en toda su significación. Precisamente por celebrarse el 20 de Agosto de 1972, el primer Centenario de la creación política de la Provincia de Antabamba, del Departamento de Apurimac, que cuenta entre sus anexos al celebérrimo pueblo de Calcauso cuna del Gran Nuevo Indio como hijo de esa provincia de Antabamba, considero oportuno enfocar la vida de este gran hijo del Perú.

Nacido en ese pueblo de Calcauso, en aquella humilde cuna con el sonoro rumor del riachuelo andino, con el plateado de los kiswares y los lugareños chachacomos, quien sabe qué día y en que mes del año 1632, nació el solitario "Lunarejo". Su pueblo perteneció en aquella época al dilatado Obispado del Cuzco y del Corregimiento de Aymaraes. Se ignora cómo fue su infancia. Nadie sabe si disfrutó o no, de la caricia materna y sólo se supone fue llevado al Cuzco por el cura de Mollebamba, apellidado Espinoza Medrano, quien al mantener la Escuela Parroquial de aquel pueblo, tuvo a su cargo 8 niños entre indígenas y mestizos. Así desarrolló, entre ellos, el niño Juan. Con clara inteligencia y fácil conocimiento de las primeras letras y de la doctrina cristiana destacó. Tenia 8 años cuando el citado religioso lo llevó al Cuzco, le dio su apellido y lo adoptó. Posteriormente le consiguió una beca en el seminario de San Antonio de la ciudad imperial. En sus aulas cursó con brillo y lucidez los estudios de latín y humanidades, alcanzando ocupar en temprana edad el honroso cargo de profesor de ese Seminario, en las cátedras de Artes Suma Teológica. Comenzó así, su fecunda trayectoria de militante de las letras, las artes, la filosofía, la religión, la oratoria y la docencia, en cuya actividad hizo de su vida un quehacer constante y una ascensión cada vez más elevada en el dominio de aquellas disciplinas de su predilección.

Espinoza Medrano, dotado de una gran voluntad e iluminadamente, cual corresponde al NUEVO INDIO, fruto del abrazo de dos razas, cuyas potencialidades espirituales se conjugan en el nuevo tipo humano, llego a encumbrarse como el orador sacro más grande de su tiempo, pues con el torrente de su verbo y la fluidez de sus razonamientos, el dominio de las culturas griegas y romanas, cautivaba profunda y admirablemente a cuantos tenían la suerte de escuchar sus famosos sermones, ya fuesen desde el púlpito de la Catedral del Cuzco, en la que llegó a ocupar altas dignidades eclesiásticas, o desde el púlpito del templo de San Cristóbal, Parroquia en la que atendía los ritos religiosos, desde 1677 hasta 1683, y en cuyos archivos parroquiales se encuentran partidas de bautismos y defunciones refrendadas con su firma.

Los cargos eclesiásticos que llegó a ocupar fueron, entre otros, los siguientes: Canónigo, Tesorero, Chantre y Arcediano de la Catedral del Cuzco, cuyos nombramientos y recepciones constan en actas del libro del Cabildo Metropolitano, y habiéndole llegado póstumamente            nombramiento del cargo de Arcediano.

Pongo en tela de juicio o duda una insistente narración en Antabamba, Apurímac, Cuzco y el Perú, de una anécdota que simboliza humildad y acendrado cariño filial. Se cuenta que, estando predicando Espinoza Medrano desde el púlpito de la Catedral del Cuzco, en aquella segunda mitad del siglo XVII, pugnaba ante la multitud, por entrar al templo, una pobre india que el orador divisó en la puerta del templo, y al reconocer, que la que quería entrar era su madre, haciendo un pausa en su discurso dijo: "Dejad pasar a esa india que es mi madre".

Esta anécdota no parece original ni cierta, ya investigando se ha llegado a descubrir lo siguiente:

Que, hubo en Roma, un Papa, que cuando estaba predicando en la Catedral de Letrán, su madre que era una plebeya, luchaba en la puerta por entrar a escuchar el sermón de su hijo, y como el Papa, que de derecho es el Obispo de Letrán, reconociera en esa mujer a su madre, dijo "Dejad pasar a esa mujer que es mi madre". También se cuenta del francés Lacordere, Obispo que pudo haber tenido en su país la misma anécdota del Papa y del Lunarejo.

Por ello, si lo dijo Espinoza Medrano, por lo menos no fue expresión original. Además  para alcanzar los altos cargos religiosos tuvo que renunciar a su raza y sentirse más español que indio, pasar por criollo, porque el prejuicio racial era terrible en aquellos tiempos, y el ser indio o hijo de tal, para el logro de aspiraciones, era un escollo, un delito, que habría significado para él, una afrenta y una degradación. Mas bien, se declaró enemigo del indio, por lo que, tanto en verso como en prosa, escribió cáustica y lapidariamente como en seguida ofrecemos producciones literarias al respecto.

En verso, Espinoza Medrano, decía del indio:

A vos indio desleal,
Ni bien ni mal.
Que el mal castiga Dios.
Y el bien lo pagáis vos
Con ingratitud bestial.

Y en prosa terminaba de pulverizarlo, cuando haciendo una especie de descripción psicológica dice: "Siempre procura engañar y no serás engañado". "Se afana de lo que le deben y no se acuerda de lo que ha de pagar".

"Es diablo entre los demonios, demonio como ninguno". "Afecto a la religión y permanece en la idolatría y superstición", "Si se confiesa es para mentir, si comulga es para engañar". "Enferma como un bruto y muere sin temor".

Estos fueron entre otros conceptos para el indio o contra el indio.

Por ello la respuesta es categórica, Espinoza Mediano no habría forjado ni dicho aquello de "Dejad pasar a esa india que es mi madre", y lo real es que se lo adjudican.

Otra razón que descarta la posibilidad del gesto final que se le atribuyó al Lunarejo, es que este genial mestizo, desde que fue traído al Cuzco por su tutor, jamás volvió a Calcauso y por tanto no sabía ni veía a su madre.

En campo de la literatura, se hace eco del culteranismo de Góngora; pues al respecto Felipe Barreda Laos, dice: "En el Perú del siglo XVII el culteranismo correspondía en literatura a la tendencia intelectual teológica predominante y tuvo por eso valientes defensores. El más decidido de estos fue, seguramente Don Juan Espinoza Medrano (El Lunarejo), quien supo unir en su espíritu, el amor por la Teología con la afición a la Literatura".

"El Lunarejo" escribe el "apologético" en favor de Luis de Góngora y Argote contra Manuel de Faría y Sousa, Caballero portugués, en cuya obra defiende ardorosamente a su maestro, de quien llega a decir: "Padre de la cultura, esplendor de Córdoba, ornamento de España y portento del orbe todo":

Luego, en el campo del teatro produce obras importantes, tanto en castellano como en quechua, tales como "El Rapto de Proserpina", "El Hijo Pródigo" y "El Amar su Propia Muerte", obra que han sido escenificadas con excelentes resultados.


1 comentario:

erick jara dijo...

no seas idiota el lunar esta en el lado izquierdo debería estar al lado derecho recontra idiota