domingo, 7 de junio de 2015

VARGAS LLOSA: LA FIESTA DE LA NOVELA



Dos escritores de generaciones distantes y distintas, Edgardo Rivera e Iván Thays, nos ofrecen una versión personal y literaria de Mario Vargas Llosa.


Texto: EDGARDO RIVERA MARTÍNEZ

En algún momento, allá en los años 50, conocí a Mario Vargas Llosa. Fue en la antigua Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, donde ambos seguimos estudios. Es decir, no como compañeros de aula, pues él ingresó después que yo, sino en algún curso de lo que por entonces se llamaba Sección Doctoral. Me acuerdo muy claramente que ambos fuimos alumnos de Manuel Beltroy, en la asignatura de Literatura Moderna, y de un seminario de Luis Alberto Sánchez sobre literatura peruana. Quizás coincidimos en otras clases, pero no estoy seguro al respecto.

Por alguna razón recuerdo en particular una charla que tuvimos en una de las bancas del hermoso claustro, un mediodía soleado. Tal vez fue en espera de la llegada de un profesor, o después de una clase, o incluso pudo tratarse no de una conversación sino de varias. Tengo aún presente la claridad de su dicción, lo cuidado de su apariencia y lo penetrante de sus apreciaciones. Probablemente hablamos sobre las materias qué llevábamos, o sobre los docentes, pero acaso también nos referimos a esos autores que por entonces estaban tan en boga, como Sartre, Camus o Huxley. Sea como fuere, tuve la impresión de alguien muy ocupado –nunca se refirió a los trabajos que desempeñaba, ni a nada personal–, muy interesado en los estudios, gran lector, pero que no se integraba propiamente a San Marcos. Y yo debí ser para él uno de los tantos jóvenes provincianos que tarde o temprano abandonarían Letras para tener que dedicarse a la abogacía.

En una oportunidad, me acuerdo, el profesor Beltroy fijó fecha para un examen parcial, aviso que nadie, o casi nadie, tomó en cuenta, porque esa amable persona tenía la curiosa costumbre de dictar sus preguntas y marcharse luego, encargando a uno de los empleados de la Facultad que recogiese en el momento adecuado las hojas escritas con las respuestas. Una metodología que, por cierto, daba lugar a que los estudiantes no se tomasen la molestia de prepararse. Pero en esa ocasión, por algún motivo, el profesor decidió que la prueba fuera oral, lo cual se veía facilitado por el hecho de que éramos muy pocos los matriculados. Y, hasta donde recuerdo, el único que respondió puntual y correctamente a las preguntas fue Mario, evidencia de que sí había estudiado, y muy bien. Más aún, cuando me tocó a mí, tuvo la juvenil gentileza de "soplarme" por lo bajo una o dos respuestas.

En cuanto a ese seminario con Luis Alberto Sánchez, los alumnos inscritos eran poquísimos, e incluso en varias oportunidades sólo asistimos el hoy célebre novelista y yo. Pero fueron reuniones muy ilustrativas, en las que el viejo profesor desplegaba toda su chispa, y acaso también, se me ocurre, no se privaba de soltar alguna de esas apreciaciones mordaces a las que era tan inclinado. Mario le formulaba preguntas, y lo mismo hacía yo, pero con menor frecuencia. Y me parece que más de una vez, cuando el erudito docente se detenía en ciertas precisiones –fechas, títulos, detalles–, nosotros intercambiábamos una fugaz mirada, pues conocida era la frecuencia con que, en ese aspecto, Sánchez incurría en errores.

Pasó el tiempo, y no supe más de Vargas Llosa hasta 1958, en que hallándome yo con una beca en París, recibí una llamada telefónica de André Coyné, recién llegado del Perú, y que me invitaba a tomar un café y charlar en ese mismo día, citándome, me parece, en las puertas del Collège de France. Acudí puntual, y me di con la grata sorpresa de que lo acompañaba Mario.

Supe entonces que había ganado el Primer Premio del Concurso de Cuento convocado por la Revue Française, que incluía un viaje a París. Lo felicité, desde luego, y quizás tuve entonces la premonición de que aquél no era sino el primero de muchos y muy merecidos triunfos literarios. Me sentí impresionado también, de otra manera, por lo cuidado y elegante que se veía, con abrigo obscuro y guantes, pues hacía frío. ¿De qué conversamos los tres? No lo recuerdo.

Nuevamente transcurrió el tiempo. Regresé al Perú y me inicié en la docencia universitaria. En 1963 obtuve nuevamente una beca, esta vez para investigaciones que condujeron a la publicación de la obra gráfica sobre el Perú del gran viajero francés Leónce Angrand. Retorné, pues, a París, y seguramente me puse en comunicación telefónica con algunos peruanos cuyas señas había llevado, entre ellas las de Mario. Y cuando, muy pocos días después, caí con una fuerte gripe, quien acudió generosamente en mi auxilio fue él, llevándome creo que algo de comida y medicinas, a ese Hotel Wetter que le era muy conocido. Y no sólo eso, sino que me prestó un ejemplar, acabado de llegar, de La ciudad y los perros, que acababa de ganar el premio Biblioteca Breve. Leí la novela de un tirón, entre accesos de fiebre y dolor de cabeza, y aunque no se situaba en la línea de mis preferencias personales, no pude dejar de admirar su construcción, el trazo de sus personajes, la maestría en la conducción del acontecer, y lo que por ello, y por otras razones, aportaba a la narrativa peruana e hispanoamericana.

Vi a Mario semanas después, en dos o, tres ocasiones, una de ellas en una cena en su departamento parisino a la que fui invitado, en una noche glacial. Se habló mucho del Perú. Pude vislumbrar, nuevamente, la firme seriedad de su entrega a la creación literaria, fervorosa y sin concesiones. Y estuve seguro, ahora de modo más definido, de que llegaría muy lejos no sólo en éxitos editoriales sino en la plasmación de una vasta y original narrativa.

Posteriormente lo he visto sólo en poquísimos y fugaces encuentros, pues se había convertido ya en persona muy importante, pero en todas las cuales se mostró amable y cordial. Seguí, en cambio, y muy de cerca, su narrativa.

La casa verde fue un título que me dio mucha materia de admiración y de análisis. Conversación en la catedral lo fue menos, aunque no dejé de asombrarme ante sus brillantes audacias de estructura. Me embarqué en La guerra del fin del mundo y me dejé llevar por lo que puedo llamar, sin mengua de su originalidad, la tolstoyana fuerza que irradia. En cambio Historia de Mayta me dejó una impresión ambivalente, por varias razones.

Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto me han parecido logradas obras menores. Y ahora acabo de leer la magistral novela que es, en su género, La fiesta del Chivo. Magistral en su manejo del suspenso, en su tensión, en la construcción de sus personajes. Lecturas todas memorables, a pesar de que, en lo personal, me hallo muy lejos de la flaubertiana concepción de la novela que anima a Vargas Llosa.

Esa impresión de lejanía se ha visto acentuada, y mi caso debe ser el de muchos, por las posiciones asumidas por nuestro novelista en lo político.

No estuve en el Perú en las elecciones de 1990, cuyos resultados, de algún modo, no me sorprendieron. No comparto nada de su liberalismo. Pero no puedo dejar de reconocer la constancia, la vehemencia, el coraje incluso, con que defiende y predica sus ideas. Y me digo que el Perú perdió la oportunidad de ver aplicadas las medidas económicas y políticas que él propugnaba, y que puso en práctica después, faltando a sus promesas, don Alberto Fujimori, pero, a diferencia de éste, Vargas Llosa lo habría hecho con coherencia, con altura, con respeto a la institucionalidad y a los derechos humanos.

Ahora nuestro autor se halla en la cima de su carrera literaria, y son evidencia de ello la gran novela que es La fiesta del chivo, y los miles de lectores que esperan sus obras, y el impacto que produce su presencia.

Bien podemos decir, por ello, que asistimos a una celebración muy diferente a la de Santo Domingo, y en la que triunfan la creatividad, el sentido humano, la vida. Una fiesta de la novela.


UNA VISITA MUY PERSONAL


TEXTO: IVÁN THAYS

Los escritores jóvenes son naturalmente parricidas con los autores consagrados de sus países. Pero yo jamás pude serlo con los míos, para bien o para mal, pues los tres nombres importantes (Ribeyro, Bryce y Vargas Llosa) lo que me inspiraron siempre, además de admiración por su talento, fue un cariño inconmensurable que los parricidas no alcanzan a comprender, preocupados como están en afilar el hacha. ¿Cómo matar a un padre al que se quiere tanto? Incapaz de preparar una celada, decidí dedicarme a lo único que quería hacer toda mi vida: escribir frenéticamente, hasta terminar podrido de literatura. Y en la toma de esa decisión, qué duda cabe, Mario Vargas Llosa es el mayor responsable.

Hace un tiempo, escribí un artículo para un diario dé México donde recordaba mi primer acercamiento con Vargas Llosa, ocurrido unos años después del primer acercamiento auténtico que es el de leer sus libros. Era entonces un adolescente y caminaba religiosamente a su antigua casa, en un Malecón barranquino, para atisbar en su biblioteca de cortinas abiertas y tratar de verlo revisando alguno de sus libros. Yo aún estaba en el colegio, pero ya quería ser escritor, o más bien un narrador, una persona que contase historias tan bien como me las contaba Vargas Llosa. Esa cábala, creo yo, marcó mucho mi relación con mi propia literatura, entonces aún no más de un par de garabatos, en un sentido más profundo que el de la influencia de estilo. A partir de admirar a Vargas Llosa, descubrí que el oficio literario, capaz de crear mundos inverosímiles, se conseguía sólo a través del esfuerzo y el rigor absoluto, del esbozo de una arquitectura y el trabajo paciente de un obrero. Y es que el verdadero talento es insistir.

Con la misma paciencia y constancia con que me acercaba al Malecón, y con las mismas expectativas de verlo aparecer, me acercaba también a mis cuentos y arranques de novela con ganas de que asome el talento que confirme que vale la pena escribir. Y aunque Vargas Liosa nunca apareció como una sombra detrás de las cortinas para darme el consejo; el consejo ya estaba dado en su presencia invisible y la rutina del viaje hasta el Malecón. Insiste, me dijo esa sombra. Y yo, desde entonces, y espero que para siempre, insisto.


(Publicado  en EL DOMINICAL de El Comercio, Lima, 07 de mayo 2000).