El crítico literario Claude
Couffon del prestigioso diario francés Le Monde publicó el 11 de noviembre [de
1983] un comentario a la Vida exagerada de Martín Romaña de Alfredo Bryce,
calificando al autor peruano como humorista genial. Por su importancia
reproducimos aquí la crítica, que nos revela el bien merecido prestigio
adquirido por Bryce en el extranjero.
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Alfredo Bryce Echenique. Foto: Jenny Woodman. |
Por Claude Couffon
Aquellos que leyeron hace
algunos años "Un Mundo para Julius"' de Alfredo Bryce Echenique
captaron inmediatamente la originalidad de este novelista peruano, muy
latinoamericano, por cierto, pero que parece navegar en contra de la corriente
literaria de ese continente. No tanto voluntariamente, sin duda, sino por
distracción. Al igual que el protagonista de su última novela, Martín Romaña,
que viaja de Nueva York a París. Pero escuchemos ya la voz
narradora:
“El cambio de avión en Nueva
York complicó nuevamente las cosa, y se las complicó también, sin duda, a Angel
Saldívar, un colombiano encantador que conocí en el aeropuerto, mientras
hacíamos los dos nuestros papeleos ante el mostrador de Air France. Saldívar
estaba regresando a Bogotá al cabo de varios años en París, lo cual dio lugar a
larga charla acompañada de mil consejos que yo escuchaba atentamente, mientras
continuábamos con los papeleos, y se estaba produciendo sin duda alguna la
confusión de documentos y equipajes, confusión de la que sólo me di cuenta
cuando mi avión aterrizó, por fin, en París. Putamadrée como loco, en vista de
que ahí en castellano no me entendía nadie, pero no tuve más remedio que
aceptar el rigor de la legislación francesa y comprender que un peruano llamado
Martín Romaña no puede entrar en territorio francés con un pasaporte colombiano
expedido a nombre y fotografía de Angel Saldívar".
Desde las primeras páginas de
"La Vida Exagerada de Martín Romaña, el tema y el tono se imponen: esta
larga novela, atestada de un humor explosivo, más anglo-sajón que hispánico, es
la novela de la marginalidad. Al igual que Chaplin, con el que tiene tantos
rasgos en común, Martín Romaña frota su inocencia contra las asperezas de una
humanidad compleja e intolerante, que transforma su vida cotidiana en un
perpetuo embrollo de desventuras burlescas. Refugiado en la soledad cómplice de
su sillón Voltaire, Romaña cuenta para nuestro placer, que es inmenso, sobre
las páginas blancas de un cuaderno azul que le ha regalado una chica de paso
"para que lo llene de ella", tribulaciones de latinoamericano
diferente a los demás, que trata de desmitificar con una irresistible gracia
mezclada con mucha ternura, nuestra imagen de la América Latina.
Una Oveja Negra en el Redil de los Latinos
Primeramente, cuando llega a
París, Martín Romaña no se refugia, como lo hacen sus compatriotas, en el desorden
fraternal de una buhardilla colectiva. Aunque no cuenta entre los suyos, como
su creador Bryce Echenique, con un virrey y un presidente de la República,
dispone a pesar de todo de una renta paterna no desdeñable. Este hijo de buena
familia, refinado y tímido, bien educado aunque tenga "más bien la
tendencia a ser la oveja negra del redil", tiene su propio baño, que ve
invadido día y noche por una colonia más desamparada que él, y que además le
reprocha sus comodidades.
Porque ahí están presentes
esos latinoamericanos pobres y exaltados, estudiantes o exiliados, grupos musicales,
hippies andinos o costeños, la boina estrellada del Che, unidos por una bohemia
delirante y patética. ¿Hará Martín igual que ellos? ¿Se casará con una francesa
enamorada del exotismo y el folklore? No, él se casa con Inés, una limeña
venida directamente del Perú, pero que resulta también ser una feminista
militante y marxista-leninista. Las peleas tempestuosas se alternan con los
momentos de reconciliación en el fondo de una cama desvencijada, tiernamente
bautizada "la Hondonada". Inés-Martín conforman una pareja al estilo
Guépard-Pasionaria, "algo sumamente divertido, a menos que se convierta en
lo contrario, naturalmente".
En mayo de 1968 viene la ruptura
con Inés. Romaña constata que él, sin lugar a duda, no ha nacido como los
suyos, "para ser revolucionario, ni simpatizante, ni nada por el estilo".
Ya no cree en la guerrilla que se hace desde París y muy a menudo al son de
canciones. "Jamás canté El Cóndor Pasa y siempre evite, en medida de lo
posible, el folklore latinoamericano, por el abuso demagógico que hacían los
otros".
Sin embargo, el amor conduce nuevamente
a Martín hacia las barricadas. Esta vez detrás de Sandra, una joven
contestataria norteamericana que se acuesta con todos los latinoamericanos que
conoce, en pago por los rigores impuestos a sus pueblos por su país
imperialista. Pero Sandra ama demasiado a Martín para entregarse bestialmente a
él como a sus amantes de un día. A fin de deslumbrarla y convencerla, Martín
inventa una rocambolesca historia de terrorismo de la cual él es el héroe. Pero
este nuevo James Bond, colocador de bombas, se enreda en el embrollo de sus
propias explicaciones y cae en el fracaso.
En realidad, el éxito lo logra
Martín Romaña con su asombrosa capacidad narradora. Un narrador que parece hermano
de su creador, Bryce Echenique, ese latinoamericano exuberante, inclasificable
pero genial. Lo frecuenta, además, y habla a menudo de él, de su soledad de
novelista, de sus sinsabores, de sus humores. "Hay quienes piensan, afirma,
"que ese tipo es un humorista, pero la verdad es que siempre está furioso,
y que se la pasa gritando que está muy ocupado, cuando, en realidad, lo que
esta es siempre muy preocupado..." ¡Querido Martín Romaña! ¡Qué no podría
contarnos también de los éxitos de Bryce Echenique! De la historia tierna y
truculenta de un mitómano que narra en "Tanta Veces Pedro". O de esa
bella recopilación de cuentos, "Huerto Cerrado", que obtuvo en 1968
una mención en la Casa de las Américas.
Pero a través de sus mil y una
aventuras de encantador desencantado, de "víctima de una educación
privilegiada", él nos dice lo esencial: el inmenso talento de su inventor,
un tal Bryce Echenique.
(Publicado en el Suplemento Dominical de “El Comercio”,
Lima, Perú, 11 de diciembre de 1983).