lunes, 22 de abril de 2013

EL INCA GARCILASO DE LA VEGA (2)


2. TRADUCCIÓN DE LOS DIÁLOGOS DE LEÓN EL HEBREO. LA FLORIDA DEL INCA.

Portada de la Traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo

Portada de la primera edición de "La Florida del Inca"

La Traducción de los tres diálogos de León el Hebreo por el Inca Garcilaso salió a luz en Madrid el año 1590, y consiguió al principio muy favorable acogida (aunque el Santo Oficio la prohibió después). Admiró mucho que un natural del Nuevo Mundo tradujera tan galanamente del toscano libro tan sutil y filosófico. Animado con esto, emprendió Garcilaso la historia de la campaña de Hernando de Soto en La Florida, que ya había ofrecido en la dedicatoria a Felipe II que encabeza la citada versión de los Diálogos de amor.

Para escribir La Florida disfrutó Garcilaso de las muy largas y frecuentes relaciones de un amigo suyo, que había sido compañero de Hernando de Soto en la frustrada conquista y residía en los alrededores de Córdoba. No da el nombre de este caballero, pero sus señas no convienen ni son aplicables sino a Gonzalo Silvestre, capitán distinguido en La Florida y luego en el Perú (1). Consultó, además, las relaciones manuscritas de dos soldados de la expedición, llamados el uno Alonso de Carmona y el otro Juan Coles, y de continuo los cita para confirmar la narración con sus concordes testimonios. Por último, asegura que su historia fué compararla por un cronista real con las declaraciones que los otros sobrevivientes de aquel descubrimiento hicieron en Méjico ante el virrey don Antonio de Mendoza, y que el cronista real halló conformes los dos relatos. Herrera sigue puntualmente el de Garcilaso; lo apoya en unos escritos que fueron entregados al presidente del Consejo de Castilla y obispo de Córdoba, don Pablo de Laguna, por un fraile menor (probablemente el mismo fray Pedro Aguado de que habla Garcilaso en el Proemio), y lo comprueba, además, con ciertas pinturas de las batallas y hechos militares de la Florida, que de orden de Felipe II le mostró el guardajoyas real Antonio de Voto (2). A pesar de tantas autoridades, Bancroft ha expresado dudas sobre la veracidad de La Florida del Inca (3). Tienen que admitir todos la exactitud de la impresión de conjunto. Las infidelidades sólo pueden encontrarse en los particulares. Los rasgos generales del relato de Garcilaso están aceptados por todos los historiadores y por el propio Bancroft. En cuanto a los pormenores y menudencias, se comprende y se explica la involuntaria inexactitud. Como Garcilaso no acompañó a Hernando de Soto ni fué testigo presencial de los sucesos que narra (puesto que nació el mismo año en que el Adelantado Soto entró en la Florida), con facilidad pudo ser inducido a error en algunas cosas. Los cuadernos de Coles y Carmona no guardaban orden de lugares y tiempos. En consecuencia, para establecer los itinerarios, Garcilaso se vió reducido a los recuerdos del anciano Gonzalo Silvestre, y es verosímil y probable que se engañara con frecuencia. Y aun en estos pormenores, quizá no sean tantas las equivocaciones de Garcilaso como se quiere dar a entender. Habría que comparar paso a paso y minuciosamente la relación portuguesa (que no es tampoco inatacable ni infalible) con la de nuestro compatriota, la cual saldría tal vez de un detenido examen crítico mejor parada de lo que a primera vista se cree. En todo caso, entre una crónica inexacta sobre ciertos puntos muy secundarios y de detalle y una novela (que así se ha llegado a calificarla) hay, a mi parecer, inconmensurable diferencia. La mejor prueba de la verdad de La Florida es el sincero y convencido acento de sus narraciones, de que daré luego una muestra. Y pues esta primera obra histórica de Garcilaso no se relaciona con la historia del Perú y, por consiguiente, debe ocupar muy reducido sitio en el presente ensayo, limitémonos a observar desde ahora que la crítica ha sido implacable y exageradamente severa con el cronista cuzqueño, y que tanto en La Florida como en Los Comentarios urge, dado el giro que llevan los estudios, para restablecer el necesario equilibrio, contrarrestar la desbordada tendencia antigarcilasista, que amenaza convertirse en funesta manía.

Pero sea cual fuere el valor histórico de La Florida del Inca (que repito que lo creo positivo e importante), es indudable su gran mérito literario. Ninguna otra crónica española recuerda en igual grado (hasta por la singular semejanza de muchas situaciones) la Retirada de los diez mil, de Jenofonte. Si no la misma perfección concisa, posee la misma claridad y animación en las descripciones, la gracia casi infantil y el mismo estilo fresco y candoroso. Voy a permitirme copiar un largo pasaje en que es de admirar la fusión del elemento heroico con el elemento vulgar y prosaico, lo cual comunica a la relación un tono de verdad incomparable. Nada más lejano de lo novelesco que esta completa ingenuidad.

«El Gobernador, hallando los pasos que deseaba para pasar la ciénega, le pareció dar luego aviso de ellos a Luis de Moscoso, su maese de campo, para que con el ejército caminase en pos dél, y también para que luego que tuviese la nueva, le enviase socorro de bizcocho y queso; porque la gente que consigo tenía, padecía necesidad de comida: que pensando no alejarse tanto, habían sacado poco bastimento. Para lo cual llamó a Gonzalo Silvestre, y en presencia de todos le dijo: «A vos os cupo en suerte el mejor caballo de todo nuestro ejército, y fué para mayor trabajo vuestro, porque es hemos de encomendar los lances más dificultosos que se nos ofrezcan. Por tanto, prestad paciencia y advertid que a nuestra vida y conquista conviene que volváis esta noche al real y digáis a Luis de Moscoso lo que habéis visto y cómo hemos hallado paso a la ciénega, que camine luego con toda la gente en nuestro seguimiento. Y a vos, luego que lleguéis, os despache con dos cargas de bizcocho y queso con que nos entretengamos hasta hallar comida, que padecemos necesidad della; y para que volváis más seguro que vais, os mande dar treinta lanzas que os aseguren el camino; que yo os esperaré en este mesmo lugar hasta mañana en la noche, que habéis de ser aquí de vuelta; y aunque el camino os parezca largo y dificultoso» y el tiempo breve, yo sé a quién encomiendo el hecho; y porque no vais solo, tomad el compañero que mejor os pareciere, y sea luego; que os conviene amanecer en el real, porque no os maten los indios si os coge el día antes de pasar la ciénega».

Gonzalo Silvestre, sin responder palabra alguna, se partió del Gobernador y subió en su caballo, y de camino como iba encontró con un Juan López Cacho, natural de Sevilla, paje del Gobernador, que tenía un buen caballo, y le dijo: «El General manda que vos y yo vamos con un recaudo suyo a amanecer al real: por tanto, seguidme luego, que ya yo voy caminando». Juan López respondió diciendo: «Por vida vuestra que llevéis otro, que yo estoy cansado y no puedo ir allá». Replicó Gonzalo Silvestre: «El Gobernador me mandó que escogiese un compañero; yo elijo vuestra persona. Si quisiéredes venir, venid enhorabuena; y si no, quedaos en ella misma; que porque vamos ambos no se disminuye el peligro, ni porque yo vaya solo aumenta el trabajo». Diciendo esto, dió de las espuelas al caballo y siguió su camino. Juan López, mal que le pesó, subió en el suyo y fué en pos dél. Salieron de donde quedaba el Gobernador a hora que el sol se ponía : ambos mozos, que apenas pasaban de los veinte años.

Estos dos esforzados y animosos españoles no solamente no huyeron el trabajo, aunque lo vieron tan excesivo, ni temieron el peligro, aunque era tan eminente; antes con toda facilidad y prontitud, como hemos visto, se ofrecieron a lo uno y a lo otro; y así caminaron las primeras cuatro o cinco leguas, sin pesadumbre alguna, por ser el camino limpio, sin monte, ciénegas ni arroyos, y por todas ellas no sintieron indios. Mas luego que las pasaron, dieron en las dificultades y malos pasos que al ir habían llevado; con atolladeros, montes y arroyos que salían de la ciénega mayor y volvían a entrar en ella. Y no podían huir estos malos pasos; porque como no había camino abierto ni ellos sabían la tierra, érales forzoso, para no perderse, volver siguiendo el mismo rastro que los tres días pasados al ir habían hecho: caminaban solamente al tino de lo que reconocían haber visto y notado la ida.

El peligro que estos dos compañeros llevaban de ser muertos por los indios era tan cierto, que ninguna diligencia que ellos pudieran hacer bastara a sacarlos dél, si Dios no los socorriera por su misericordia, mediante el instinto natural de los caballos; los cuales, como si tuvieran entendimiento, dieron en rastrear el camino que al ir habían llevado, y como podencos o perdigueros hincaban los hocicos en tierra para rastrear y seguir el camino. Y aunque a los principios, no entendiendo sus dueños la intención de los caballos, les tiraban de las riendas, no querían alzar las cabezas, buscando el rastro; y para lo hallar cuando lo habían perdido, daban unos grandes soplos y bufidos de que a sus dueños les pesaba, temiendo ser por ellos sentidos de los indios. El de Gonzalo Silvestre era el más cierto en el rastro y en hallarlo cuando lo perdía. Mas no hay que espantarnos de esta bondad ni de otras muchas que este caballo tuvo, porque de señales y color naturalmente era señalado para en paz y en guerra ser bueno en extremo, porque era castaño escuro, peceño, calzado el pie izquierdo y lista en la frente, que bebía con ella; señales que en todas las colores de caballos, o sean rocines o hacas, prometen más bondad y lealtad que otras ningunas: y el color castaño, principalmente peceño, es sobre todos los colores bueno para veras y burlas, para lodos y polvos. El de Juan López. Cacho era bayo, tostado, que llaman zorruno, de cabos negros, bueno por extremo; mas no igualaba a la bondad del castaño, el cual guiaba a su amo y al compañero. Y Gonzalo Silvestre, habiendo reconocido la intención y bondad de su caballo cuando bajaba la cabeza para rastrear y buscar el camino, lo dejaba a todo su gusto, sin contradecirle en cosa alguna, porque así les iba mejor. Con estas dificultades y otras que se pueden imaginar mejor que escrebir, caminaron sin camino toda la noche estos dos bravos españoles, muertos de hambre, que los dos días pasados no habían comido sino cañas de maíz que los indios tenían sembrado; e iban alcanzados de sueño y fatigados de trabajo, y los caballos lo mismo, que tres días había que no se habían desensillado y a duras penas quitádoles los frenos para que comiesen algo. Mas ver la muerte al ojo si no vencían estos trabajos, les daba esfuerzo para pasar adelante. A una mano y a otra de como iban, dejaban grandes cuadrillas de indios que a la lumbre del mucho fuego que tenían, se parecía como bailaban, saltaban y cantaban, comiendo y habiendo con mucha fiesta y regocijo, y gran plática y vocería que entre ellos había, que en toda la noche cesaron. Si era celebrando alguna fiesta de su gentilidad o platicando de la gente nuevamente venida a su tierra, no se sabe; mas la grita y algazara que los indios tenían regocijándose, era salud y vida de los dos españoles que por entre ellos pasaban; porque con el mucho estruendo y regocijo, no sentían el pasar de los caballos ni echaban de ver el mucho ladrar de sus perros, que sintiéndolos pasar se mataban a alaridos. Lo cual todo fué providencia divina; que si no fuera por este ruido de los indios y el rastrear de los caballos, imposible era que por aquellas dificultades caminaran una legua, cuanto más doce, sin que los sintieran y mataran.

Habiendo caminado más de diez leguas, con el trabaja que hemos visto, dijo Juan López al compañero: «O me dejad dormir un rato o me matad a lanzadas en este camino, que yo no puedo pasar adelante ni tenerme en el caballo, que voy perdidísimo de sueño». Gonzalo Silvestre, que ya otras dos veces le había negado la misma demanda, vencido de su importunidad le dijo : «Apeaos y dormid lo que quisiéredes; pues a trueque de no resistir una hora más el sueño, queréis que nos maten los indios. El paso de la ciénega, según lo que hemos andado, ya no puede estar lejos; y fuera razón que la pasáramos antes que amaneciera, porque si el día nos toma de esta parte, es imposible que escapemos de la muerte».

Juan López Cacho, sin aguardar más razones, se dejó caer en el suelo como un muerto, y el compañero le tomó la lanza y el caballo de rienda. A aquella hora sobrevino una grande escuridad, y con ella tanta agua del cielo que parecía un diluvio. Mas por mucha que caía sobre Juan López, no le quitaba el sueño, porque la fuerza que esta pasión tiene sobre los cuerpos humanos es grandísima, y como alimento tan necesario, no se le puede excusar.

El cesar el agua, y quitarse el nublado, y parecer el día claro, todo fué en un punto; tanto que se quejaba Gonzalo Silvestre no haber visto amanecer. Mas pudo ser que se hubiese dormido sobre el caballo, también como el compañero en el suelo, que yo conocí un caballero (entre otros) que caminando iba tres o cuatro leguas dormido sin despertar, y no aprovechaba que le hablasen, y se vió algunas veces en peligro de ser por ello arrastrado de su cabalgadura. Luego que Gonzalo Silvestre vió el día tan claro, a mucha priesa llamó a Juan López; y porque no le bastaban las voces roncas, bajas y sordas que le daba, se valió del cuento de la lanza y lo recordó a buenos recatonazos, diciéndole: «Mirad lo que nos ha causado vuestro sueño. Veis el día claro que temíamos, que nos ha cogido donde no podemos escapar de no ser muertos a manos de los enemigos».
Juan López subió a su caballo, y a toda diligencia caminaron más que de paso, corriendo a media rienda; que los caballos eran tan buenos que sufrían el trabajo pasado y el presente. Con la luz del día no pudieron los dos caballeros dejar de ser vistos por los indios; y en un momento se levantó un alarido y vocería, apercibiéndose los de la una y otra banda de la ciénega con tanto zumbido y estruendo y retumbar de caracoles, bocinas y tamborinos, y otros instrumentos rústicos, que parecía quererlos matar con la grita sola.

En el mesuro punto aparecieron tantas canoas en el agua que salían de entre la enea y juncos, que a imitación de las fábulas poéticas decían estos españoles que no parecía sino que las hojas de los árboles caídas en el agua se convertían en canoas. Los indios acudieron con tanta diligencia y presteza al paso de la ciénega, que cuando los cristianos llegaron a él, ya por la parte alta los estaban esperando.

Los dos compañeros, aunque vieron el peligro tan eminente que al cabo de tanto trabajo pasado les esperaba en el agua, considerando que lo había mayor y más cierto en el temer que en el osar, se arrojaron a ella con gran esfuerzo y osadía, sin atender a más que a darse priesa en pasar aquella legua, que como hemos dicho la tenía de ancho esta mala ciénega. Fué Dios servido que como los caballos iban cubiertos de agua y los caballeros bien armados, salieron todos libres, sin heridas, que no se tuvo a pequeño milagro, según la infinidad de flechas que les habían tirado; que uno de ellos, contando después la merced que el Señor particularmente en este paso les había hecho de que no les hubiesen muerto o herido, decía que, salido ya fuera del agua, había vuelto el rostro a ver lo que en ella quedaba, y que la vió tan cubierta de flechas como una calle de juncia el día de una gran solemnidad de fiesta.

En lo poco que de estos dos españoles hemos dicho y en otras cosas semejantes que adelante veremos, se podrá notar el valor de la nación española, que pasando tantos y tan grandes trabajos, y otros mayores que por su descuido no se han escrito, ganasen el Nuevo Mundo para su príncipe. ¡ Dichosa ganancia para indios y españoles, pues éstos ganaron riquezas temporales y aquéllos las espirituales !

Los españoles que en el ejército estaban, oyendo la grita y vocería de los indios tan extraña, sospechando lo que fué y apellidándose unos a otros, salieron a toda priesa al socorro del paso de la ciénega más de treinta caballeros.

Delante de todos ellos un gran trecho, venía Nuño Tovar, corriendo a toda furia encima de un hermosísimo caballo rucio rodado, con tanta ferocidad y braveza del caballo y con tan buen denuedo y semblante del caballero, que con sólo la gallardía y gentileza de su persona (que era lindo hombre de la jineta) pudo asegurar en tanto peligro los dos compañeros.

Los indios, aunque vieron fuera del agua a los dos españoles, no dejaron de seguirlos por tierra, tirándoles muchas flechas con gran coraje, que cobraron de que hubiesen caminado tantas leguas sin que ninguno de los suyos los sintiesen. Mas luego que vieron a Nuño Tovar y a los demás caballeros que venían al socorro, los dejaron y se volvieron al monte y a la ciénega, por no ser ofendidos de los caballos, que no se sufría burlar con ellos en campo raso. Los dos compañeros fueron recebidos de los suyos con gran placer y regocijo, y mucho más cuando vieron que no iban heridos (4).

De seguro el lector me agradecerá que haya interrumpido mi seco estudio con las páginas de una crónica tan amena y deleitosa como poco leída en el Perú. Para hacer apreciar sus bellezas habría que transcribir todos sus capítulos, y principalmente los que nos pintan la sorpresa y cruel batalla de Mauvila (cap. XXVI y siguientes del libro III) y aquellos en que nos parece presenciar la retirada por el gran Misisipí, cubierto de mil canoas indias (capítulos I al X del libro VI). ¡ Cómo emocionan esos trances, de vibrante interés, y qué anhelos despiertan cuando, desde el fondo de nuestras tristes bibliotecas, comparamos la envidiable vida de los conquistadores, llena de novedad, de aventuras y peripecias, de la sensación de lo desconocido y lo imprevisto, y del acre placer del peligro, con la sedentaria y monótona vida contemporánea! (5).

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Notas y referencias:

(1) Vid. en La Florida del Inca el Proemio al lector, el capítulo XIV de la primera parte del libro II, el capítulo XIV del libro IV, y los capítulos XI y XII de la segunda parte del libro V, y VII y XV del libro VI.—Los detalles que se consignan en los mencionados lugares y el tono con que se relatan, no podían venir sino de Gonzalo Silvestre.

Vid. lo que de este mismo Gonzalo Silvestre se lee en el capítulo XXXVI del libro IV, y en el capítulo VII del libro VIII de la segunda parte de los Comentarios Reales.

(2) Década VII, libro VII, cap. XII.

(3) En el tomo I de su Historia de los Estados Unidos.

(4) La Florida del Inca, primera parte del libro III, capítulos XIII, XIV y XV.

(5) En la Historia de la Florida se nota que Garcilaso andaba tan preocupado con la composición de sus Comentarios Reales del Perú (que ya traía entre manos), que no vacila en insertar, en medio de la descripción de las costumbres de los Floridos y de las hazañas de Hernando de Soto y sus compañeros, datos concernientes a la historia peruana, que luego tuvo que repetir en los dichos Comentarios (caps. I y IV del libro I ; capítulo VI de la primera parte del libro II ; cap. II de la segunda parte del libro V ; y cap. III, del libro VI). Y como si experimentara placer con sólo usar vocablos de su querido idioma quechua, llama curacas a los jefes indios de La Florida. El amor de Garcilaso para la raza india se manifiesta en la complacencia con que están hechos los retratos de Mucozo, de la señora de Cosachiqui y del general de Anilco.

En el penúltimo capítulo de la Historia de la Florida expone el plan de los Comentarios Reales, y dice que la mayor parte de lo referente a la historia y costumbres de los Incas «estaba va puesto en el telar».—Desde el año 1586, fecha de la dedicatoria de la traducción de León el Hebreo, había prometido escribir la historia del Perú. Es probable que desde ese año tuviera acopiados con tal fin documentos.